El Centro Bach de Inglaterra, una experiencia para recordar. 

Por Claudia Belou

 

 
            Fue un lunes cuando llegué en tren a la estación Didcot. Desde allí, a unos veinte minutos de viaje está Brightwell Cum Sotwell, el lugar donde se encuentra el Centro Bach de Inglaterra. Rodeado de grandes extensiones de campo, este pequeño pueblo no cuenta con más que un encantador Pub y una oficina de correo que a su  vez es almacén, proveeduría y panadería. Allí, en medio de unas callecitas tortuosas que  parecen no llevar a ningún lado, se encuentra el Centro Bach, una típica casa de ladrillos de dos pisos, con un jardín que la rodea donde, en este fin de invierno, comienzan a despuntar las primeras flores que, en breve, abrirán sus cálices multicolores cubriendo toda la superficie del terreno.
            En esta casa pasó sus últimos años de vida Edward Bach. Ella lo vio descubrir las últimas 19 de sus 38 florales; con entusiasmo y buena voluntad Bach construyó los muebles que aún se usan en la casa. Estar en ese lugar es como compartir las experiencias de vida que llevaron al Dr. Bach a dejar su lujoso consultorio de Londres para vivir una vida libre y en contacto con la naturaleza.
            Todo allí parece haberse detenido en el tiempo, y la paz de Sotwell ayuda a que así sea. Sus casas de ladrillo están alineadas sobre las callecitas que se entrecruzan permanentemente algunas de las cuales, como un laberinto, comienzan y luego de 100 o 200 metros terminan en la puerta de una propiedad privada, obligando al visitante a desandar el camino. Cada paso en ese lugar es una vivencia nueva, las flores usadas para la preparación de las tinturas madre crecen a los costados de los caminos; los árboles de ramas todavía desnudas, se preparan para reverdecer, para ofrecer su sombra: Larchs, Pines, Oaks, Chestnuts y Cherry Plums adornan los jardines e inclinan sus ramas sobre las orillas del camino, como saludando a quien sabe observarlos.
            La primavera comienza a anunciarse ya a fines de Febrero, y los integrantes del equipo del Centro saldrán a su debido momento a recoger sus flores con el fin de preparar las esencias florales. En el momento en que las condiciones climáticas son favorables, cada uno de los 8 integrantes del equipo deja lo que está haciendo para salir en busca de las flores y sumergirlas en el agua del manantial, mientras el sol se mantiene en el máximo de su esplendor. Son instantes nada más, los que permitirán que la energía de esas flores pase a formar parte de todo un sistema que, si bien va alcanzando cada día mayor difusión en el mundo, se mantiene intacto tanto en su forma como en su filosofía, tal cual lo deseaba su fundador, el Dr. Bach.
            Todo lo vivido y aprendido en este lugar de sueños, merecía la pena de hacer un viaje tan largo. John Ramsell, seguidor de Nora Weeks (colaboradora y amiga de Bach), es quien dirige en este momento el Centro, junto con su hija, Judy Howard, que con su dulzura y amor, dicta los cursos junto con Stefan Ball, su colaborador. Sus respectivos conyugues también ayudan en la preparación de flores, correspondencia y llamadas telefónicas (que son innumerables), y la tercera generación, los mellizos de Judy de 14 meses de edad, ya se entremezclaban con los que asistimos al curso de entrenamiento.
            La aridez del invierno y la falta de colores no le quitan encanto al jardín, donde un banco ubicado frente a una pequeña laguna artificial, invita a sentarse y comunicarse con los árboles, sentir la vida latente bajo esa tierra. No en vano fue el lugar elegido por Bach para desarrollar su nuevo método que, según afirmaba, abriría el camino a la medicina del futuro, ayudando a cada persona a reencontrarse consigo misma, con su esencia,  recuperando así la alegría de vivir y la felicidad que yacen en nuestro interior.